sábado, 7 de diciembre de 2013

Todo lo que siempre me queda, desde un principio. 
Una foto. 
Veja,arrugada.

Ya se notan todos los años desde que fue tomada, comenzando porque en ella soy una niña, y ahora soy una mujer.  Se notan los pliegues, de tanto que la he doblado, y aquella mancha en la esquina, cuando sin querer se mojó.

Está rota. 
Como mi familia.

Está mi madre,  su sonrisa siempre dispuesta, y las arrugas en sus ojos cada vez que lo hacía.  Hermosa. Aún me pregunto cuándo fue que cruzamos la línea entre contarnos todo, a ser completas desconocidas con recuerdos en común. A escondernos en el tiempo, y vernos sólo en las cenas familiares, una vez cada  año. Es gracioso, porque  dije que estaría con ella por siempre, y ahora es raro si la veo. 

 Luego están  mis hermanos, seres completamente desconocidos para mí como yo para ellos. Cuerpos con mi misma sangre a los que debo llamar "familia" porque eso dicta un código genético, cuando no reconozco nada de mí en ninguno de ellos, cuando a duras penas sé de su vida algún tiempo. 

Mi padre termina la foto. 
A veces hay mucho que decir, otras no tanto. 
Como siempre fue nuestra relación. 
Mi insistencia a intentarlo, y su insistencia en ser un extraño para mí. Una base de datos al que llamé "papá", un persistente recuerdo de la figura paterna que siempre quise, y no tuve. 

Yo estoy en el medio de todo. 
Creciendo entre personas desconocidas, anhelando cosas que hasta mayor no supe que quería. Haciendo amigos de papel, imaginarios, distorsionando la realidad hasta el punto de convertirme en piedra y soportar ser pateada por la vida; por la familia a la que nunca pude llamar hogar. 

Pero siempre queda la foto.
Un recuerdo de una familia imaginaria, de personas creando un mundo de amor para mi futuro, para mi vida, para mí. 
Una foto. 
Donde, aparentemente, todos nos amamos. 

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